“El Escudo de las Américas: por qué Trump rehizo el mapa hemisférico desde Miami”, por Irma Montes Patiño – El diario andino
Para comprender lo ocurrido el 7 de marzo en el hotel Trump Doral es necesario remontarse a junio de 2022, cuando la Administración Biden intentó convocar a la IX Cumbre de las Américas en Los Ángeles, el máximo foro político del hemisferio. Eso resultó en una humillación diplomática sin precedentes y un fracaso para Biden: México no asistió, Bolivia no asistió y el bloque caribeño amenazó con hacer lo mismo. El detonante fue la exclusión de Cuba, Venezuela y Nicaragua, decisión repudiada por los entonces presidentes de México, Bolivia y Honduras. El resultado: la cumbre fracasó y el liderazgo de Washington en el hemisferio fue puesto en duda. La herida no sanó. La próxima edición, prevista para diciembre de 2025 en República Dominicana, fue suspendida por primera vez en la historia por motivos políticos, ante la negativa de México y Colombia a asistir.
Sobre esas ruinas diplomáticas, Trump construyó algo radicalmente diferente. Descartó por completo el agotado formato multilateral, reemplazándolo por una alianza ideológicamente coherente, militarmente comprometida y estratégicamente clara. El resultado tiene nombre: Escudo de las Américas. Con doce socios fundadores que en primera fila escucharon en silencio el discurso más directo que ha dado un presidente estadounidense en décadas sobre tres enemigos comunes de nuestra seguridad hemisférica: Milei (Argentina), Paz (Bolivia), Kast (Chile), Chaves (Costa Rica), Abinader (República Dominicana), Noboa (Ecuador), Bukele (El Salvador), Asfura (Honduras), Alí (Guyana), Mulino (Panamá), Peña (Paraguay) y Persad-Bissessar (Trinidad y Tobago).
El Escudo de las Américas descansa sobre una tesis geopolítica precisa: las principales amenazas a la seguridad hemisférica no son los Estados soberanos, es la convergencia de tres fuerzas que se han entrelazado peligrosamente: los cárteles del narcotráfico, el terrorismo de Hezbollah operando bajo mandato iraní en la región -como advertimos anteriormente en esta misma columna- y la expansión económica y estratégica de China, también analizada ampliamente en este mismo espacio. Esta “triple amenaza” eleva el riesgo de la seguridad hemisférica muy por encima de la esfera policial, llevándola al nivel de una guerra transnacional. Trump lo dijo sin eufemismos: “El corazón de nuestro acuerdo es el compromiso de utilizar fuerza militar letal para destruir cárteles siniestros y redes terroristas de una vez por todas”. No es retórica: dos días antes del discurso, el Pentágono ya había firmado un acuerdo militar con veinte países de la región. El diplomático y el soldado llegaron juntos a Miami.
Como hemos argumentado anteriormente, la presencia de Hezbolá en Apurímac representa una amenaza latente y es el ejemplo más elocuente de la amenaza que el Escudo busca desmantelar. Lo que hace aún más llamativa la ausencia de Perú en la cumbre de Miami, especialmente después de haber sido nombrado recientemente un “importante aliado -OTAN”. Un privilegio no fácil de obtener pero irónicamente puesto en duda unos días después, cuando el Congreso decidió darle la patada a todo y elegir a un marxista como responsable de la presidencia.
Que la nación que alberga hoy una de las infiltraciones terroristas más documentadas en el continente tenga un gobierno con raíces marxistas que no esté dispuesto a unirse al Escudo de las Américas no es una pequeña ironía: es uno de los puntos ciegos más inquietantes del nuevo orden hemisférico.
Trump no intentó la ficción de la unidad continental. México, Brasil y Colombia no estuvieron en Miami, y su ausencia es la radiografía de una fractura hemisférica que el Escudo de las Américas busca institucionalizar en lugar de ocultar. Todos los líderes presentes son de derecha y han apoyado o han sido apoyados por Trump. Y Perú perdió la oportunidad de estar en ese exclusivo club. El hemisferio está dividido entre el bloque que orbita alrededor de Washington y el que mantiene una autonomía estratégica o busca contrapesos en Beijing, Moscú o Teherán.
Esto es parte de la ofensiva “Doctrina Donroe”, donde los Monroe estaban a la defensiva. Se trata de intervenir activamente para garantizar el orden conveniente a Washington con un segundo frente igualmente relevante, aunque más sutil: contener a China, principal socio comercial de varios países latinoamericanos. El Escudo de las Américas es también una palanca para reorientar las lealtades comerciales, sacándolas de la órbita de Beijing. No es casualidad que el lanzamiento de la cumbre coincidiera con la preparación del viaje de Trump para reunirse con Xi Jinping.
La arquitectura institucional del proyecto fue diseñada por el Secretario de Estado, Marco Rubio, y el Secretario de Guerra, Pete Hegseth: el primero trabajó con los ministros de Asuntos Exteriores, el segundo coordinó al ejército. Juntos le dieron al Escudo de las Américas algo que la antigua Cumbre de las Américas nunca tuvo: una verdadera voluntad de actuar. La pregunta que queda abierta es si doce países son suficientes para transformar el hemisferio, o si la fractura hemisférica terminará siendo la mayor vulnerabilidad del escudo que acaba de erigir Trump.
Irma Montes Patiño es licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad George Washington.


