Carol Núñez Vélez
Comunicadora y psicóloga.
Durante años nos enseñaron que amar era un gesto sostenido en el tiempo: esperar, escuchar sin prisas. No porque el pasado fuera necesariamente mejor, sino porque el vínculo exigía presencia. Hubo errores, silencios incómodos y torpezas, pero también aprendizajes compartidos: conocer al otro significaba detenerse. Amar no era eficiente, era humano.
Hoy el abordaje se da de otra manera. Las aplicaciones clasifican a las personas como opciones, las conversaciones comienzan y terminan sin explicación y el interés se mide en respuestas rápidas o reacciones breves. No es que la tecnología haya vaciado el cariño, pero sí ha normalizado una lógica de reemplazo constante. Cuando todo es inmediato, todo es también desechable. Y en ese ritmo muchas veces se pierde algo esencial: la voluntad de quedarse.
Aun así, hay experiencias que no caben en una pantalla. El silencio que se comparte sin malestar, un paseo sin destino, una conversación que se prolonga porque nadie quiere irse. No se trata de idealizar el pasado ni rechazar lo digital, sino de reconocer que el cuerpo, la mirada y el tiempo siguen siendo lenguajes que construyen intimidad. Ninguna aplicación puede reemplazar eso.
Amar a la antigua usanza, entonces, no es retroceder, sino resistir la superficialidad. Es elegir la atención a la prisa, la conversación al algoritmo, la presencia a la distracción. Es utilizar la tecnología para encontrarse, pero no para evitar el compromiso emocional que implica conocer realmente a alguien.
Por eso, en un mundo que invita a pasar rápidamente de una historia a otra, hay quienes todavía prefieren tomarse el tiempo para sentir. No por nostalgia, sino por convicción. Como dice Marc Anthony: “Me niego a renovarme, es mi manera, te confieso que me gustaría, amarte a la antigua usanza”. Y tal vez, en ese gesto aparentemente fuera de temporada, todavía haya una manera honesta de amar.