El algoritmo ya sabe lo que queremos (antes que nosotros), por Carol Núñez Vélez – El diario andino
Hace unos días busqué un regalo sin mucha intención. Sólo quería «ver opciones». En las siguientes horas, ese objeto empezó a aparecer en todas partes: Instagram, TikTok, páginas aleatorias abiertas, incluso en plataformas donde nunca había comprado. No fue persecución, fue precisión. Y en esa repetición silenciosa apareció un malestar difícil de explicar: no estaba decidiendo, estaba siendo guiado.
El algoritmo funciona bien porque resuelve fricciones. Nos sugiere música que va con nuestro estado de ánimo, nos recomienda series similares a las que ya hemos visto y nos trae productos antes de nombrarlos. Como asistente es eficiente. Pero como sistema, también redefine nuestra relación con el deseo: lo hace predecible, ordenado, anticipado. La sorpresa se convierte en excepción.
Detrás de esta precisión se esconde un sistema bastante simple en lógica, aunque complejo en escala: el algoritmo aprende observando. Registra búsquedas, clics, pausas, tiempo de permanencia, compras anteriores e incluso lo que ignoramos. Con esos datos construye patrones que anticipan comportamientos futuros y ajusta lo que vemos en tiempo real. No adivina los deseos: los proyecta a partir de lo que repetimos.
El problema no es tecnológico, sino emocional. Consumir siempre implicó intuición, impulso e incluso error. Hoy, sin embargo, compramos menos mediante el descubrimiento y más mediante la repetición. Lo que aparece muchas veces parece necesario. Lo familiar se vuelve cómodo y lo cómodo termina sintiéndose bien.
Hay algo casi imperceptible en esa dinámica: la sensación de estar permanentemente interpretado. No es vigilancia en el sentido clásico, sino una lectura constante de hábitos y preferencias. Y si bien esta lectura facilita las decisiones, también reduce el margen de azar, que siempre ha formado parte del consumo y también del gusto.
Quizás por eso cabe preguntarse cuánto elegimos realmente. No rechazar la tecnología, sino recuperar cierta conciencia sobre lo que queremos. Porque en tiempos donde todo parece anticipado, elegir también significa resistir.
Resistir no significa desconectar o romantizar lo analógico, sino introducir pequeñas pausas en la lógica automática: dejar algo en el carrito, no responder a la urgencia del descuento, dejar enfriar el interés. Son gestos mínimos que dan margen a la decisión y, sobre todo, al tiempo.
Quizás el verdadero desafío hoy no sea escapar del algoritmo, sino vivir con él sin renunciar por completo a la voluntad. Sigue descubriendo cosas por accidente, toma la decisión equivocada, cambia de opinión sin un motivo claro. Porque si todo lo que consumimos ya estaba planificado, lo único que queda por defender es la posibilidad de sorprendernos.
Hay algo casi imperceptible en esa dinámica: la sensación de estar permanentemente interpretado. No es vigilancia en el sentido clásico, sino una lectura constante de hábitos y preferencias. Y si bien esta lectura facilita las decisiones, también reduce el margen de azar, que siempre ha formado parte del consumo y también del gusto.
Quizás por eso cabe preguntarse cuánto elegimos realmente. No rechazar la tecnología, sino recuperar cierta conciencia sobre lo que queremos. Porque en tiempos donde todo parece anticipado, elegir también significa resistir.


