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Política

¿Ya se fueron los opositores?, por Carlos Meléndez | Elecciones 2026 | polarización política en el Perú – El diario andino

¿Ya se fueron los opositores?, por Carlos Meléndez | Elecciones 2026 | polarización política en el Perú

 – El diario andino

En el recientemente estrenado ‘jingle’ de la campaña de Fuerza Popular (‘alias’ «El baile de la China»), uno de los estribillos dice «la oposición ya se fue» refiriéndose a antifujimorismo Eso sería el pasado. Como es sabido, existe un rechazo fujimorismo ha impedido que Keiko Fujimori gane elecciones presidenciales tres veces en cinco años. Más que una emoción, es una identidad política con la capacidad de expresarse a nivel de élite (políticos, periodistas, ONG, líderes estudiantiles) que sin duda ha resonado en el electorado. Hasta el momento ganar, aunque sea por unas pocas decenas de miles de votos. Todo funciona.

El antifujimorismo es también un movimiento que aglutina políticamente a sectores progresistas que, por su incapacidad de construir un partido, ejercen influencia bloqueando a los Naranjas. Es decir, no tienen capacidad para plantear una opción programática propia que compita como tal en elecciones, pero sí para superponer las distintas capas de rechazo al fujimorismo hasta convertirlo en un “muro anti-China”. Con el tiempo se han ido añadiendo causas espirituales. Los más viejos no necesitan apoyo (violaciones de derechos humanos y corrupción masiva durante el autoritarismo de los años 1990). Sin embargo, las últimas no merecen ser consideradas hipótesis (el «pacto mafioso» tiene la misma validez que la «mafia del caviar»). La clave del éxito del antifujimorismo ha recaído en el significado moral subyacente a la hostilidad antes mencionada. En una sociedad con mentalidad de mercado, el fujimorismo no es derrotado en el ámbito ideológico o cultural, sino en el moral.

El antifujimorismo juega con el viento a favor. El resentimiento contra el sistema («todos son corruptos, todos son iguales»), engendrado en tergiversaciones («todos somos un pacto mafioso»), pone las naranjas en la misma bolsa de negación e indiferencia. Quiero resaltar que cada vez más lo segundo que lo primero. Esta oposición de actitudes (que incluye la hostilidad hacia el fujimorismo) ya no es una materia prima tan buena para la radicalización ideológica como lo fueron en su momento Ollanta Humala y Pedro Castillo. En estas elecciones, los votantes antisindicales son más apáticos que extremistas. Por tanto, posiblemente sea más utilizable para «outsiders» aburridos (Carlos Álvarez, Wolfgang Grozo) que para radicales sin repertorio, tanto de izquierda (Roberto Sánchez, Ronald Atencio) como de derecha (Rafael López Aliaga). La antiversión de 2026 no es un furioso “nakari” (No a Keiko) que podría memorizar todas las perlas de Alberto Fujimori, sino que es una causita distraída, de algún político lejano, que no marcará la K aunque no supo explicar bien por qué.

Puede que estemos ante el último episodio electoral de un ciclo de polarización política que comenzó en 2016, lo que no es necesariamente una buena noticia. Le explico. En primer lugar, la sociedad peruana estaba polarizada principalmente «desde arriba» por la confrontación entre fujimoristas y antifujimoristas, ambos polos con igual responsabilidad. Los primeros encerraron su sectarismo; estos últimos, en su odio. El problema cuando hay un conflicto entre una identidad positiva (fujimorismo) y otra negativa (antifujimorismo) es que los sucesivos triunfos de esta última profundizan la crisis de representación. ¿Qué queda del nacionalismo de Ollanta Humala, del PPcausismo de Kuczynski, del castellanismo de Pedro Castillo? La insignificancia política (aunque la última cuestión está por verse) deriva en apatía. Los antifujimoristas han preferido no resolver su paradoja: han abogado por ser adalides de la causa democrática (reconocimiento del autoritarismo de los noventa), pero sin proponer una alternativa. Así han acabado haciendo un daño irreparable a la representación democrática: se ha instalado la apatía. Peor aún: en esta campaña han ido vacilando en sus intentos de causar más daño, con el grito #PorEstosNo. Con 36 candidatos presidenciales, no hay excusa para no comprometerse con uno. Pero el oponente prefiere la destrucción del fujimorismo a la construcción del partido.

La polarización sólo ha servido a sus agentes, a sus promotores, aquellos que ganan dinero con la política tribal. Periódicos y semanarios convertidos en tabloides actuales, académicos y constitucionalistas que se gradúan en la prosa del sesgo liberal y la posverdad, jefes de ONG de izquierda y foros de derecha recrean la delirante «batalla cultural» en una pelea por la hipoteca de su casa en la playa más cercana, micromercadeadores de ideología bambaaada (‘yapeaka)’ que influyen en la ideología digital (‘yapeaka). Después de tantas campañas, no han destruido completamente el fujimorismo ni han impedido el surgimiento de un líder de izquierda que les permita seguir lucrando con sus desprevenidos financieros.

Pero este empate sin goles mantiene a la afición alejada de las gradas. La polarización se ha vuelto trivial y el votante lo sabe. El resultado, por tanto, no es una despolarización (predominio entre ellos), sino una contrapolarización (expansión de la indiferencia). El hecho de que más del 40% de los encuestados, a un mes de las elecciones, no tengan candidato presidencial demuestra lo alienada que es la situación. La política de oposición se ha despolitizado. Mientras los expertos hacen sus apuestas sobre quién será el «outsider» del verano, la sociedad peruana ha dejado de ser útil en política. Pero un país que predica su futuro sobre la anulación de la política –y por tanto de las leyes y normas– se convierte en un reino de informalidad. Un nivel de crisis que no hemos conocido en un país en crisis. Así es como hemos creado nuestra distopía.

* abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En ese marco plural, Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los columnistas que lo suscriben, aunque siempre las respeta.

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Redactor Andino